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Del cielo llueven los clavosLe voy a decir la verdad, mi esposo es un bendito. No he conocido otro como él, las cosas como son. Durante nuestro matrimonio siempre ha tenido detalles de santo varón: nunca ha renegado si se ha tenido que preparar él mismo algo que echarse a la boca, gustaba mucho de regalarme trapitos, supervisaba los escotes y los largos de mis trajes de pista y me sacaba a pasear con aquella mirada de fiero orgullo cogiéndome fuerte de la cintura. Las noches de jaqueca me perdonaba su desahogo, y cuando me ponía la mano encima ¡no era de capricho, no!, sino porque me lo buscaba. Que yo era consciente de todo eso, no se vaya usted a creer, y se lo agradecía como bien podía. Una gloria de persona, me cuidaba y se ocupaba de mí, no como ahora, que ya ve, en la cárcel que lo tengo. Cada año por mi cumpleaños me regalaba un juego de dagas —de estreno, ¿eh?— con nuestras iniciales labradas. Para un número como el nuestro hacía falta tenerse mucha confianza, y quererse mucho y bien. El día que amanecíamos torcidos, malo. Que menudo nudo se me ponía cuando el jefe de pista levantaba la mano y aparecíamos tras los telones, sonriendo hasta el cogote, con esos trajes de museo que tejía para nosotros doña Charro, paz que descanse, y el muy cabrón tenía que lanzarme los cuchillos entre el griterío del respetable. Eso había que pasarlo. Que yo siempre sabía cuando venía atravesado y hubiera querido desviarse y clavarme alguno en todos los centros, porque lo podía leer en sus ojos. Si estaba jodido se le arrugaba un poco el labio superior, así, ¿ve? Temblándole y como de lado, y le brillaba extrañamente la mirada, tal cual estuviera lejos y se me quisiera echar encima aullando. Daba un miedo que pa qué, y más de una vez se me mojaron las bragas de puro susto. Entre la música y las ovaciones era imposible enterarse, nadie se daba cuenta, sólo yo, que después tenía que frotar y quitar las manchas de la tabla porque allí mismo era donde le servía la comida. Teníamos un amigo practicante. A ése le gustaba ver el espectáculo y se sentaba en primera fila, frente a mí, de forma que tras el rostro de mi esposo lo primero que veía era el suyo. Cuando un cuchillo erraba, él sabía por mis gestos que debía esperarme en la caravana con la bolsa de primeros auxilios abierta de par en par. Yo acababa sonriente mi número y me retiraba cubriéndome con la capa. Hay que ver qué jodido es este oficio, cojones. Mi marido siempre le tuvo celos porque yo no tenía ningún pudor con él, y para hacer honor a la verdad, no fueron pocas las veces en que pudiendo aprovecharse de mí, no lo hizo. Se trataba de alguien legal, usted ya me entiende. La primera vez que mi esposo me hirió en la entrepierna, cerca de… bueno, de ahí, obró con tanta rapidez que no me dio tiempo a prepararme para enseñarle mi cosa a otro. Pero es que con él era diferente, no era como mi marido, era de otra manera, era… era poco macho. No le gustaba ni la cerveza ni el tabaco, algunas veces le vi hojeando libros con pinturas como las de los museos, con señoras desnudas. En esa época pensé que era un pervertido y le cogí repelús. Con el tiempo me di cuenta que el pobre no daba más de sí, y aprendí a aguantar su mirada mientras me volvía para vestirme después de cada cura, con ojos de cordero, a veces incluso suspirando. Era muy poco hombre. Mi esposo siempre se quedaba fuera mientras me curaba, pero una vez entró a trompicones en la habitación y lo echó casi a patadas. Estuvieron tiempo sin hablarse por aquello, pero como el practicante tenía muy poco fuste, al cabo del tiempo volvía con el rabo entre las piernas y para entonces mi marido ya ni se acordaba de lo que les había enemistado. Le digo que su corazón no le cabe en el pecho. Aquélla vez atrancó la puerta, sacó uno de los cuchillos de su bota y me echó encima del tocador. Me lo puso en el cuello y se bajó los pantalones. Tenía los dientes apretados y venía furioso, me rompió las medias y separó mis piernas. Como un animal se subió sobre mí y puso sus dientes contra los míos, mascullando palabras: “mía”, la que más, y estuvo por lo menos una hora y pico haciéndomelo sobre el tocador; mucho rato, ¿eh? Ya no quedan hombres así. Me hacía sentir muy mujer el cabrito. Después se iba a la pista y se hinchaba a tirar cuchillos, no tenía hartura. Cuando creía que me había dormido se metía en la cama y se acurrucaba a mi lado mientras seguía susurrándome lo suya que era. A veces me hacía la dormida, y otras me volvía y me dejaba manosear un rato. Nunca supe decirle que no a nada, y además lo que pedía era tan poco en comparación con lo mucho que él me quería, que a mí se me hacía muy cuesta arriba negarle lo que fuera. No había conocido otra vida ni pariente alguno. Apareció un día en las escaleras de la caravana de las chicas del coro y se crió en el circo, ayudando a unos y a otros, soportando casi el mismo trato que los animales y durmiendo con ellos durante años, hasta que a mí y a la casualidad se nos ocurrió asomarnos a la tapia del circo, camino del colegio, y le vi trajinando maromas con aquella fortaleza con la que lo resolvía todo. Mi padre puso el grito en el cielo. Él me miró de arriba abajo, silbó y fíjese, nos presentamos como pareja artística y debutamos con cuchillos el mismo día de nuestra boda, dos semanas después. Pero el practicante es que era otra cosa, me regalaba libros con ilustraciones y me explicaba lo que veía en ellas. Eso fue en la época en la que se empecinó en enseñarme a leer. Pasaba mucho tiempo a mi lado. Yo estas cosas se las ocultaba a mi marido porque cada vez que le sacaba el tema me sacudía una paliza que me partía el espinazo. Hasta que un día sucedió lo inevitable. Cinco minutos antes de salir a pista yo todavía estaba a medio arreglar. Esto no había pasado nunca. Cuando mi esposo se acercó al camerino, me encontró hojeando un libro sobre África. Ya ves tú, el pobre, fíjese usted qué disgusto no se llevaría. El rato que pasé mientras me ataba las manos a la plataforma. No podía apartar la vista de aquel morro arrugado que me arrebataba la respiración. Me estampó dos cuchilladas en el pecho que lo llevaron derechito a la cárcel. Al poco de salir del hospital el practicante vino a visitarme, vestido de domingo, con un ramo de flores. Que pinta traía. Se sentó a los pies de mi cama y no dejaba de sonreír tocándose algo que llevaba en el bolsillo, vaya usted a saber qué, y mirándome con cara de memo. No recuerdo las palabras exactas pero en cuatro o cinco le dije que no quería volver a verle, que mientras estuviera mi esposo ingresado en prisión no seguiríamos con las clases. No dijo ni pío, se le puso color de acelga —ya le dije que siempre me pareció muy poca cosa—, y desde que salió por la puerta, no he vuelto a verle. La recuperación me está costando Dios y ayuda, pero voy saliendo. Si ya lo decía mi madre, que Dios no te mande, hija, todo lo que puedas soportar. Claro que ahora que faltan menos de cuatro años para que mi marido salga a la calle no puedo quejarme. Ya le tengo preparado un juego de cuchillos con nuestras iniciales para celebrar su salida, y grabé en todos: “tuya”. Porque su felicidad es la mía. Porque todo cuanto soy es gracias a él. Porque se lo debo todo. Domingo, 09 de Enero de 2005 17:06. [ + ]. Tema: A golpe de tecla. Comentarios » Ir a formularioAutor: Mobile (ostras, es Joi, :-)) Muchas gracias. Tú los haces mejores con muchas menos palabras. Yo voy a verte todos los días, todos todos. Gracias, para mí es un honor. :-) Fecha: 10/01/2005 09:55. Autor: joi jajajaja! no hay pa' tanto! ;) gracias por venir tan tan tan a menudo. tómate algo la próxima vez! saludos! Fecha: 11/01/2005 15:38. |
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